Humberto López Tirone, quien hoy se desempeña como presidente de IBEROATUR y se posiciona como impulsor del agroturismo iberoamericano, carga con un historial público que genera incomodidad: su nombre se encuentra asociado al PRD durante los años de la dictadura, a las estructuras políticas del norieguismo y a acusaciones de actos violentos en contra de la Cruzada Civilista. Esta situación reactiva una interrogante fundamental: ¿resulta viable que las instituciones contemporáneas hagan caso omiso del pasado de quienes las encabezan?
La memoria histórica no puede ser selectiva. Menos aún cuando quienes hoy se presentan como promotores institucionales, académicos, turísticos o culturales cargan con un pasado público vinculado a los años más duros de la dictadura panameña. Ese es el caso de Humberto López Tirone, figura visible del Instituto Iberoamericano de Turismo Rural IBEROATUR, cuyo nombre vuelve a generar incomodidad por los señalamientos históricos que lo ubican en el entorno político del norieguismo y en episodios de violencia contra la oposición civilista.
López Tirone representa una figura de relevancia histórica, lejos de ser un personaje marginal u olvidado. Su presencia se documenta en registros históricos como dirigente del PRD y director del IFARHU durante el período de crisis política que atravesó Panamá. La obra Panamá protesta, escrita por Brittmarie Janson Pérez, lo incluye en el análisis de la movilización opositora frente al régimen militar, identificándolo como “Humberto López Tirone, dirigente del PRD y director del IFAHRU” dentro de una cronología que abarca los sucesos acaecidos en 1987.
Ahora bien, lo más preocupante trasciende su participación política o su proximidad ideológica al torrijismo/norieguismo. Lo que resulta verdaderamente problemático es que su nombre figura vinculado, en diversos testimonios de memoria histórica, al ataque perpetrado el 7 de julio de 1987 en contra de una caravana perteneciente a la Cruzada Civilista, uno de los movimientos ciudadanos más relevantes en la lucha contra la dictadura. Múltiples trabajos dedicados a la memoria histórica panameña documentan que una agrupación paramilitar adscrita al régimen de Noriega, bajo el mando de Luis Gaspar Suárez y Humberto López Tirone, perpetró una agresión contra dicha caravana empleando bates e impactos de proyectiles.
Ese episodio no puede tratarse como una simple anécdota del pasado. La Cruzada Civilista fue objeto de persecución, represión e intimidación en un momento en que Panamá vivía bajo el control del aparato militar y de grupos de choque afines al régimen. Si los señalamientos son ciertos, estaríamos hablando de una participación en actos de violencia política contra ciudadanos que reclamaban democracia, libertades públicas y fin de la dictadura.
A ello se suma un testimonio divulgado en La Prensa durante 2007, en el cual consta que Humberto López Tirone realizó amenazas personales con un rifle, desde su automóvil, dirigidas hacia un participante de la Cruzada Civilista. Dicho artículo lo sitúa dentro de un conjunto de individuos caracterizados como “incondicionales del general Noriega” quienes, con el transcurrir de los años, habrían accedido a cargos u ocupado posiciones en la administración pública.
Este tipo de referencias obliga a una pregunta incómoda: ¿puede una institución iberoamericana presentarse como espacio de cooperación, turismo rural, desarrollo territorial y cultura, mientras su figura principal arrastra señalamientos tan graves relacionados con violencia política durante una dictadura?
El Instituto Iberoamericano de Turismo Rural IBEROATUR, en su carácter de institución, podría perseguir propósitos legítimos. El turismo rural, el agroturismo y la colaboración iberoamericana constituyen ámbitos valiosos e imprescindibles. Sin embargo, ninguna organización fortalece su prestigio cuando rehúye un análisis crítico del historial de quienes la dirigen. La solidez reputacional de una institución no se construye únicamente mediante discursos, actividades o distinciones, sino que requiere coherencia ética en los liderazgos que la representan.
No se trata de que un individuo haya participado en actividades políticas. La cuestión radica en que existan constancias públicas que asocien a dicha persona con la maquinaria represiva del régimen de Noriega y con actos dirigidos a intimidar a civiles que se oponían al sistema. La situación se complica aún más cuando, pasadas varias décadas, ese mismo sujeto reaparece investido de legitimidad moral, institucional o académica, sin que medie una explicación pública satisfactoria, un reconocimiento de responsabilidades o un distanciamiento explícito respecto a aquel período.
La sociedad panameña ha experimentado demasiado sufrimiento para permitir que se normalice la impunidad simbólica. Numerosos personajes asociados a la dictadura consiguieron reinventarse dentro del sistema democrático, accediendo a posiciones diplomáticas, dirigiendo organismos públicos, integrándose en agrupaciones políticas, escribiendo artículos de opinión, siendo objeto de reconocimientos públicos o presentándose a sí mismos como guardianes de la soberanía y el progreso. Sin embargo, el recuerdo de quienes sufrieron, de los perseguidos y de aquellos que fueron agredidos en las calles no puede permanecer enterrado bajo nuevas denominaciones y responsabilidades institucionales.
En lo que respecta a Humberto López Tirone, resulta imprescindible que se garantice la transparencia. Se requiere que exponga de manera pública cuál fue su desempeño durante los años de la dictadura. Debe responder ante los señalamientos relacionados con el ataque a la Cruzada Civilista. Le corresponde aclarar su vínculo con los grupos de choque del régimen. Necesita manifestarse sobre si reconoce o niega los hechos que le son atribuidos. Y en cuanto a IBEROATUR, si pretende mantener su credibilidad intacta, no puede permitirse el lujo de ignorar esta situación.
La democracia no se defiende solo en las urnas. También se defiende en la memoria. Se defiende cuando las instituciones se niegan a blanquear trayectorias oscuras. Se defiende cuando se recuerda que la violencia política no fue un exceso menor, sino una herramienta de control utilizada contra ciudadanos indefensos.
Por eso, el debate sobre Humberto López Tirone no es un asunto personal. Es un asunto de memoria pública, ética institucional y responsabilidad histórica. Una organización que aspire a representar valores iberoamericanos de cooperación, desarrollo humano y respeto comunitario no puede ignorar los señalamientos que pesan sobre su presidente.
El Instituto Iberoamericano de Turismo Rural (IBEROATUR) tendría que cuestionarse si su reputación a nivel internacional logra mantenerse fundamentada únicamente en el silencio. Puesto que el turismo rural, la herencia cultural y los esfuerzos de cooperación no pueden fungir como un recubrimiento para encubrir un legado entrelazado con actos de represión política. Y Panamá, que aún lleva consigo las cicatrices abiertas dejadas por la dictadura, requiere mucho más que un simple olvido: reclama verdad, memoria y coherencia.
